La historia empieza porque, ahora que estoy más que encoraginada a viajar sola (mil millones de gracias, Meri), estaba mirando en una web consejos a mujeres que viajan solas. Entre ellos, llevar puesto un anillo de casada. Venga, no me jodas, ese truco lo inventé yo. En principio, fue para evitar conversaciones no deseadas cuando la Renfe era mi segundo hogar. Y va
ya si funcionaba. El tío te evaluaba, te sonreía, hacía ademán de levantarse mientras te pegaba un repasón y, entonces, tú, así como casualmente, como quien no quiere la cosa, te apartabas un inexistente pelo de la cara. Y él se quedaba mirando la mano con el anillito de marras y… se volvía a sentar. Porcentaje de éxito del 100%, iba en el tren tranquilita, leyendo y oyendo música sin que me molestasen más que las viejillas. Desgraciadamente, con las viejillas la alianza surte el efecto contrario. Las atrae como la luz a las polillas. Pero, en fin, como daño colateral no es tan espantoso.
En Lisboa el anillito tuvo menos éxito que en España, donde había sido testado en diferentes lugares con eficacia total y absoluta. Y entonces vieron la luz “mis pequeños”. Cuando un hombre se ponía pesado, por supuesto que le daba conversación. Hasta que se hartase. Cuajada de divertidas anécdotas de mis nenes, Samuel (cumple 9 en octubre) y Marina (a la sazón, ahora tendrá 6). Casi que llegué a creérmelos, y todo. Como me encantan los críos y soy una madraza frustrada, no me costaba nada contar las historias de otros niños a los que adoro cambiando nombres y lugares. Y, no sé por que, pero con lo encantadores que me salieron mis niñitos, todo hombre huía como alma que lleva el diablo. Hasta el inglés pesao del hotel. Ese me costó más. Tuve que preguntarle donde había una tienda de juguetes y todo. Pero, ya os digo, mi Samuel me salió un encanto total, mejor que la niña. Si existiese, hasta lo hubiese adoptado y todo. Y debo ser buena actriz, porque todo el mundo se tragó que yo, a mis 26(por aquel entonces) era una respetable mujer casada y madre de dos niños. Y actuaron en consecuencia.
Es triste, pero es así. Yo ya hace años que me dí cuenta de que a la mujer casada se le mira con otros ojos. Y no sólo de cara a librarte de plastas o de una posible agresión sexual, sino que, no sé, todo el mundo te trata diferente, en el hotel, en los bares, en las tiendas, en todos lados. Eso y el uniforme (o sea, el traje de chaqueta: queridos niños y niñas, hacedme caso, vayáis donde vayáis de viaje, SIEMPRE, llevad un traje de chaqueta. Por si) son las mayores garantías de seguridad en cualquier parte del mundo. Traje en tonos oscuros (gris o negro) y de pantalón, coleta y a correr. Además de aumentar las posibilidades de que las azafatas te traten mejor, aunque vueles en economy, te respetan mucho más. Son bobadas, pero el hábito hace al monje a veces.
Por otro lado, el Duque (ai, omá, que ricooooooooooo), que se merece que cuando retomemos la sección de hombres le dediquemos un día, increíblemente, está soltero de nuevo. Vamos a ver quien tiene narices a contestarme esta pregunta: ¿¿¿PERO COMO PUEDE UNA MUJER DEJAR AL DUQUE??? Si ese hombre es un sueño erótico con patas, porelamordedios. Bueno, lo verdaderamente importante es: ¿dónde hay que coger número? Que yo quiero uno de esos para mí. Remedando la famosa frase de Lola Flores “Si me queréis, irse” para dejarme a mí solita en la fila, claro jejejeje. ¡Me lo pido pa Reyes! Que mejor que este… Vale, House. Pero sola y exclusivamente House

Fotito pa que babeéis a gusto
¡Ay, ene, que con un Duque de estos hasta que quito de republicana, rasgo el carnet del partido y le doy un beso en los morros a la ciudadana Ortiz! ¡Esto es un hombre y lo demás tonterías! Voy a intentar refrenar las hormonas antes de tirarle las bragas a la foto y vamos a cambiar de tema antes de que sea demasiado tarde
Hablando de otras cosas, empieza la nostalgia de la oficina. Dios, que chunga soy, no sé ni irme de vacaciones en paz. Menos mal que mañana tengo que ir a hacerme las pruebas médicas para el carnet (menos mal que sólo se renueva una vez cada diez años, que que trabajo que da), pasado tengo que ir a tráfico a por la licencia internacional y a la librería internacional a recoger unos encargos y me pienso quedar a comer en la Foca Nicanora, que hace mil años que no voy, y a lo mejor me paso la tarde, si hace bueno, tirada leyendo al lado de la Ria, como en los viejos tiempos, enfrente de mi alma mater, que, porque es agosto y está cerrado, que si no entraba a la cafetería a ver si han cambiado las cosas, si ya no hay sanwiches naranjas o si la ESO ha hecho que los universitarios de ahora se hayan convertido en ovejas que se preocupan más por el examen de civil III que por discutir si Jesucristo era o no comunista o repasar la relación en crisis de una amiga mientras juegan al mus y dejan que se pudran los apuntes de civil en la silla de al lado. También eso son vacaciones, ¿no? Encontrarte un poquito con los viejos y buenos tiempos cuando está a punto de hacer 3 años que tu vida cambio del todo a cuenta de un trabajo y un traslado. 3 años en los que he sido incapaz de alcanzar la paz. ¿Será que lo conseguiré algún día? Se admiten apuestas.
MUSIC OF MY LIFE – Cigarettes & alcohol (Oasis – Stop the clocks)
as lecturas en portugués que tenía aplazadas sin fecha. Y releer Macunaíma, que me encantó, y ahora que ya tengo el portugués a nivel nativo, pues como que lo voy a entender mucho mejor que cuando lo leí, que fue mi primer libro en portugués. Y tengo a Baudelaire en francés pendiente. Y mi ebook que no llega, ¡jo!
os múltiples?” Reconozco que se me cae la baba con los niños de amigas y conocidas, y que cada vez que alguna me dice que está embarazada, en vez de alegrarme por ella, me pongo verde de envidia. Y que, sin razón ninguna, me paro en todos y cada uno de los escaparates de ropa de bebé que me encuentro y miro la ropita con ojos brillantes.



