Yo hubo un día en que chapurreaba inglés. Lo juro. Fui incluso a clases particulares una porrada de años y llegué a prepararme para el advanced, que suspendí por casi nada (me quedé a nada de puntos, tenía que sacar 60 y me quedé en 58, y fue por el speaking). Cuando entré en la empresa, tuve que hacer un listening de esos y no lo hice tan mal. Lo entendía y todo, y fui capaz de contestar a todas las preguntas menos una. Tan mal no lo debí hacer cuando pasé a la siguiente fase.
Reconozco que nunca me gustó, como el francés, ni le puse interés, como al portugués. Pero, coño, hasta el viernes, si hubiese tenido que redactar el curricu
lum otra vez, hubiese vuelto a poner “inglés – nivel medio” pensando que, más o menos, decía la verdad. Reconozco que nunca he ido a Inglaterra y que en mis encuentros con nativos me había defendido bastante bien, si entendemos por bastante bien conversaciones como “Guggenheim? Ah, yes yes, you go from here, and in Moyua you turn righ, righ to Iparraguirre. Iparraguirre, understand? There straigh ahead, straigh ahead, you see it, understand? You see the building. The Gugghenheim. It’s gray” (todo esto acompañado con gestos como para aparcar un avión) o el mítico encuentro con la pareja galesa en Lisboa, donde fui capaz de explicarles en inglés como se llegaba al zoo, hablar sobre maternidad con ella y de política con él, y me entendieron perfectamente. O la pareja canadiense de mochileros que conocí enVaradero sobre la que estuve media hora hablando sobre Sitgesy la Costa Brava. Vamos, que yo me creía que hablaba inglés. Aunque la Veci, que habla más inglés que yo, ya me había advertido que no hay nada como ir a Londres e intentar entenderte con los dependientes de Harrod’s para darte cuenta de que no tienes ni guarra de inglés. Aún así, yo confiaba en mi don de lenguas, en que me resulta extraordinariamente fácil aprender idiomas y lanzarme a hablarlos. Es cuestión de oído, directamente relacionado con el don de oír una canción y ser capaz de repetir la melodía casi por entero cantándola sin equivocarme en más que dos o tres notas. Eso sí, para trasformarlas en notas en mi cabeza y transportarlas a una partitura soy negada. Me cuesta hacer procesos abstractos. Pero eso es otra historia.
Pues el otro día, tratando de hacer un pago por internet con una cliente en el banco, nada, que no había manera. Y me decido a contactar vía mail con la empresa para decirles, en educado, que su página es una full y que, como no hay huevos a hacer el pago, que me lo hagan ellos. Dios mío bendito a la hora de redactar el e-mail… Bueno, descubrí que mi vocabulario se reduce a un verbo (do) y una palabra (thing) Obviamente, nadie en la ofi tiene un diccionario de inglés . Coqueteé con la idea del traductor del google, pero, ¡qué cojones!, a mí no me ganan unos ingleses, ya pudieron con la Armada Invencible, no van a poder conmigo. Vamos, que el email yo creo que no me quedó tan mal. Me emocioné y todo. Después estaba tan animada que, ya puestos, le hubiese mandado otro e-mail a la reina de Inglaterra para pedirle que nos devuelva Gibraltar y las Malvinas a Argentina. Me contuve.
Y al día siguiente me llegó la respuesta. El inglés de atención al cliente, todo flemático y todo educado él, me decía que no me había entendido nada de nada, y que a ver que quería. Mandaros a la mierda, hombre. Si ofrecéis un servicio internacional, hablad mi idioma, que cuando venís aquí de vacaciones tampoco habláis una palabra de español y os atendemos como buenamente podemos, coño.
En fin, va a ser cierto que todo español tiene incapacidad genética para la lengua de Shakespeare…
Por otro lado, curioso que después de tres años, peña que me conoce de toda la vida no me reconozca. Yo no me veo nada cambiada. He adelgazado, sí, pero sólo 5 kilos, vamos, que tampoco es un cambio radical. Llevo mechas, pero el tono de pelo es más o menos el mismo. Me miro en las fotos y me veo exactamente igual que hace tres años. Bueno, exactamente igual no. Los años me han dado unas pequeñas arruguitas imperceptibles todavía salvo que te las mires con gesto de maníaca en la comisura de los labios y en la de los ojos, a las que ahogo puntu
almente todas las noches en antiarrugas y algo de celulitis, que no se va la muy perra (¡¡¡horror!!!) Pero por lo demás estoy igual.
Pues esa gente que no reconozco tiene tendencia a lanzarme miradas apreciativas. Y eso es toda una novedad para mí. Me explico. He sido una niña fea. Demasiado alta, demasiado delgada, vestida demasiado a la moda (y eran los ochentas), con gafas de culo de vaso y, gracias al ojo vago, con parche en el ojo durante dos años. Me convertí en una adolescente fea. Engordé (pesaba 20 kilos más que ahora), pero sólo de cintura para abajo (una 44 de pantalón y una 36 de camiseta), totalmente plana, con problemas de acné, adicta a la ropa ajustada y al maquillaje extremado y cortes de pelo horrorosos (todavía no había descubierto a mi peluquero del alma, ni Sephora, ni todas mis marcas de ropa estrella) Luego, fui una universitaria del montón tirando a fea. Demasiado seria (como iba a ser abogada, adoraba ir de traje), buscando la armonía con mi pelo sin encontrarla y algo extravagante los fines de semana. Además, tenía novio formal.
¿Qué pasó después? Empecé a trabajar y a tener dinero, me independicé, me acostumbré a ir por ahí sola y a ser autosuficiente, lo que me dió un nuevo aire de confianza. Encontré mi color y mi corte de pelo, me convertí en una persona a la que los demás piden que les maquillé (con lo cual, no lo debo a hacer tan mal), empecé a preocuparme por mi aspecto, y renové totalmente el armario. Adelgacé 5 kilos gracias a dejar las pastillas anticonceptivas y los antidepresivos. Mi pecho alcanzó una curiosa armonía, que aprendí a rematar con el wonderbra y a disimular con minifaldas y tacones muy altos para que se fijen en mis piernas (mi punto fuerte) Sí, algo sí que cambié, pero no tanto. Sobre todo a nivel de autoestima. Y empecé a observar que, aunque yo pasase de ellos, los tíos se fijaban en mí. Yo creo que, sobre todo, fue un cambio interno. El empezar a pensar en mí con más cariño y el tener más confianza en mí misma. ¿Le ponemos fecha? Verano de 2006. Hace 3 años.
Entonces le digo a Tita Pau, ¿Pero tú de verdad crees que soy guapa?. Y ella, que es sincera a saco, me dice que guapa-guapa, no, pero que tengo un algo muy atractivo, y que si no triunfo más es porque soy demasiado exigente. Eso es verdad. Y me encojo de hombros y le digo que qué más dará, que tiene novia. Entonces me recuerda que tendré que mirar quien puede más de las dos. La consigna: This is Sparta. Vale, this is Sparta. Veremos que se puede hacer.
Así que, por lo visto, lo del cuento del Patito Feo era verdad. Había esperanzas. Mi abuela no tenía que haber llorado tanto cuando era adolescente pensando que me iba a quedar como un monstruo para siempre. Siempre hay esperanzas. Y, por lo visto, el cambio empieza por dentro. Por encontrarte contigo misma, estar encantada de conocerte, gustarte y aceptarte, hacerte la mejor amiga de ti misma yconfiar en que tú puedes con todo. O a lo mejor, simplemente es que, como el buen vino, hay gente que mejora con los años
MUSIC OF MY LIFE – Another brick in the wall (Pink Floyd)
Mis primeros vaqueros de marca llegaron a los 14 años, cuando mi madre estuvo total y absolutamente segura de que no crecería más. Yo he regalado vaqueros de marca a un bebé, para que veáis como cambiaron las cosas. Por eso, soy capaz de gastarme un pastón en unos vaqueros de marca. Pero también les doy un valor especial, vamos, que si a la de dos días se me estropean, no me encogeré de hombros, no, sino que maldeciré, gritaré, me daré de cabezazos y miraré mi tarjeta con preocupación, pensando que que compra tan tonta. Con los chismes tecnológicos, tres cuartas de lo mismo, sólo que no los tuvimos porque NO LOS HABÍA. Sí, crecimos sin móvil y sin internet. Y, aunque parezca increíble, fue muy sano.
