No vuelvo a decir que hago operación bikini, ¡nunca más! Me explico, resulta que mi madre, cada vez que voy a subir de estar en su casa a la mía, o cada vez que viene, me pregunta si necesito comida. Y yo, por no comprobar si tengo o no, por no levantarme del sofá (soy vaga por naturaleza) le digo que no. Y luego acabo pasando la mediodía del lunes en el día porque no tengo nada de comer, abasteciéndome de víveres de esos que forman mi dieta básica (pasta, pan de molde, yogures, pavo y queso, principalmente) Pero, como ya he dicho, soy vaga por naturaleza. Y como encima haya tormenta, como hoy, y yo me haya puesto sandalias porque estamos en mayo y dentro de mi lógica implacable en mayo llevo sandalias, y la calle parezca un remedo de Venecia y yo luciendo pedicura, pues nada, que no voy al súper.
Afortunadamente, mi congelador me puede salvar de una guerra mundial, ya sabéis que lo tengo siempre hiper abarrotado (algo bueno tenía que tener la nieve, te vuelve como las hormiguitas: el congelador s
iempre lleno por si nieva, que puede nevar hasta en agosto). Y esta ha sido otra de esas veces que he tenido que recurrir a la reserva del congelador. Y empieza uno a sacar cosas. Pescado… Mucho trabajo, o lo como asqueroso o me lo curro y me voy a trabajar sin haber terminado de cocinarlo, que tengo el tiempo que tengo a las mediodías. Verduras… Es que verduras… Como que no me apetecen. Bueno, sigo mirando por si. ¿Y si pido comida por teléfono? Ah, que aquí en el fin del mundo no hay nadie que sirva nada a domicilio (juro que es verdad) Croquetas… No, que hoy empiezo la dieta. Un momento… ¿Qué ven mis ojos? ¿Eso es una pizza de pepperoni? A mis brazos, hija mía. Más bien a mi estómago…
Y he empezado la operación bikini zampándome una pizza de pepperoni. Soy una experta en ponerme a dieta y cargármela a las primeras de cambio. Pero mañana empiezo en serio. Vamos a ver, en todo junio no tengo tiempo material de ir a la playa, así que no me voy a poner en bikini. Tengo un mes para bajar dos kilos. No puede ser tan difícil, ¿no? Son 500 gramos por semana. Ya he empezado cargándome el pincho de tortilla de bonito del desayuno: el día que tenga un día horriblemente horrible en la oficina, en vez de comer mi pincho haré otra cosa. Probablemente, cometer un homicidio. Y la cena me la cargué en el momento que empecé a llegar agotada a casa y decidí que prefería dormitar a cocinar. Como mucho me como de normal un yogur o un café. Así que sustituyendo los yogures de trufa de La Lechera por algo más asqueroso y con menos calorías, vale. Así que, haciendo una sola comida al día, NO PUEDE SER TAN DIFÍCIL. Procuraré que esa comida sea a base de hierbas y similares y a la plancha.
Meta: llegar a San Juan con 50 kilos, que es el que yo considero peso perfecto para mi 1,73, mientras mi cuerpo se obstina en que entre los 52 (en mis mejores momentos) y los 55 (en invierno) estoy bien. Si toda la grasa no se me acumulase exclusivamente en la barriga, llegaría a estar de acuerdo con mi cuerpo. Si engordase un poquito por encima de la barriga… Además, así me ahorraría el seguir buscando un cirujano plástico.
Es que, en serio, yo soy una anoréxica frustrada, ¿os lo he dicho alguna vez? Supongo que sí. Comer me gusta demasiado. Disfruto demasiado de la comida. Es muy chungo ser una hedonista con excesivo complejo de culpa asumida: disfrutas de comer y luego te ves gorda y te arrepientes, disfrutas de comprar y luego ves el extracto de la tarjeta y te arrepientes, disfrutas del sexo y luego ves las patadas que le pegas a tu curriculum sentimental y te arrepientes, disfrutas de estar hasta tarde leyendo y luego te estás quedando dormida en el trabajo y te arrepientes; y así un largo etcétera.
Pero mañana empiezo, de veras. Ya tengo vez para las cejas y para el solarium, así que apenas tengo tiempo para comer. Eso servirá para motivarme a comer hierba, digo… ensalada.
MUSIC OF MY LIFE – Salve Portugal (Banda Eva – Pra valer)

