Porque si Barcelona es Magnificent, Lisboa es Dandalunda y Salvador Mares de ti. Porque soy incapaz de pensar en lo días de la uni sin que en mi cabeza suenen Los Rodriguez, y el insti es Extremoduro. Porque cada vez que me acuerdo de ir en coche a Zamora cuando era pequeña suena Sabina y, de mayor, Estopa. Porque soy incapaz de pensar en Chico Morbo sin el Quiero Ser de Amaia Montero de fondo, ni en hombre perfecto con fondo musical de La Fuga. Porque si oigo el MTV ao vivo de Ivete Sangalo me entran al momento ganas de ponerme a arreglarme para irme de fiesta. Las mañanas camino de la oficina suenan a Legião Urbana, y lo domingos en casa a Vanesa da Mata. Cuando me siento melancólica toca Marisa Monte. Y, así, hay miles de canciones que tienen su historia, que me traen a la cabeza millones de recuerdos al oirlas. Mi vida siempre tuvo banda sonora. Igual fue culpa de mis padres, a quien siempre les gustó tanto y que siempre tuvieron a bien regalarme CDs, comprarme el walkman (luego el discman, luego el ipod), llevarme a conciertos, sufrir la etapa fan histérica de los 14 años (ahora ya no soy histérica, creedme, he estado en el mismo hotel que los chicos de Banda Eva sin que haya montado ningún numerito, y a los 14 años, si hubiese estado con Ace of Base, salgo en primera página del periódico de la que monto) e, incluso, apoyar que su hija acabase teniendo gustos musicales raros.
