Después de un mini paréntesis navideño, o, más bien, reyero (entendedme, no había comprado ningún regalo, me quedaba un día de asuntos propios y el día de navidad, se tarda bastante de mi actual residencia a la de toda la vida, echaba de menos a los míos y, qué coño, la puta nieve que invade cada mínimo rincón de este lugar también ayuda bastante), vuelvo a la carga. Hablando de experiencias propias.
Mis viejos tiempos de alumna de la facultad de derecho me llevan a considerar que el día 7 de enero es festivo y no se trabaja, y tengo tendencia a guardarlo para los días de asuntos propios. Es que, en la facultad, era festivo por ser el patrón, San Raimundo de Peñafort, vulgarmente conocido como San Rebajas. Y, si bien no soy asidua desesperada de las de verano, que son para
mí rebajas “de goteo” (si voy voy, si no, no, si veo algo compro, si no no pasa nada, voy para otra cosa y ya que son rebajas entro a Zara), las de invierno son de estar el día 7 de enero a las 10 de la mañana en la Gran Vía de Bilbao esperando a que abran. Costumbres. Y son rebajas de un día y planificadas.
Planning de este año: traje pantalón de chaqueta en color caramelo o tostado, a ser posible de Carolina Herrera, y un chaleco de piel de conejo que había visto previamente en Jota y que no me había comprado, si bien estaba baratito, porque estaba comprando regalos de Reyes (y no, si estoy a regalos de reyes, nada para mí: o jodo o barro). Los probables hablaban de ropa para ir a trabajar y de las maravillosas pulseras de Uterqüe que me tienen enamorada (y que me dio algo de cargo de conciencia cambiar por la agenda de piel de Uterqüe que mi señora madre tuvo a bien regalarme por reyes, aunque sigo sin saber para que coño quiero una agenda, si en el trabajo ya tengo y para casa ya me vale con el móvil). Llegué algo más tarde que de costumbre, porque me dormí, sobre las 10 y media, y me sentí positiva. Estábamos en crisis, no iba a haber ni Dios y los descuentos prometían ser espectáculares. Y allí me planté.
Poca gente en la Gran Vía, la cosa pintaba bien. Entré en Mango y conseguí un jersey negro de canalé y un vestido de capricho, las dos cosas por menos de 50 euros. Sin cola para pagar. De seguido, a Jota. Mi querido chaleco no sólo había sobrevivido a Reyes, sino que estaba al 70% (menos de 30 euros). ¡Definitivamente , mi día de suerte! Ignoré el templo de Zara, esta vez iba a por un traje de calidad que durase más de un par de meses antes de que los bajos se descosiesen tantas veces que desgarrases la tela de tanto remendarlo. Reconozco que me paré en Uterqüe, pero una tienda hiperabarrotada y poblada de dependientas histéricas tratando de recoger las prendas que las señoras enfebrecidas arrojaban al suelo me hizo desistir de mis pulseras.
Caminé por la Gran Vía mirando escaparates de tiendas caras, sin ver nada que me gustase, y entonces cometí el error. Pensar en multimarca de calidad. Pensar en el Corte Inglés. Sin acordarme de que es el templo de toda maruja histérica de las rebajas que se precie. Cuando entré, casi sufro un episodio de demofobia. Me tranquilicé a mí misma, sujetando fuertemente mi bolso y autoconvenciéndome de que esas marujas, que van al encuentro del jersey de 10 euros, no iban a estar en Carolina Herrera. Craso error. En la planta
de mujeres comprobé que, si bien NO VAN A COMPRARLO, nada les impide sacar, toquetear, y retoquetear la ropa que no pueden permitirse. Me vais a perdonar, pero yo no pago 800 euros por un traje resobado, para eso me voy a Zara y punto. Y los mismo que pasaba en Carolina, pasaba en Boss Woman (otra que también me gusta bastante para los trajes), en Roberto Verino y en Jota+Ge. Purificación García ya era la debacle, creo que había hasta dos pegándose por un jersey, y la vendedora de FCUK, desesperada y al borde de las lágrimas, le chillaba a una venerable ancianita bastante oronda que no tenían nada de su talla por decimosexta vez mientras ella blandía como arma un top. Tuve miedo. Eso parecía la guerra. Y, además, la paleta cromática me decía que nada caramelo o tostado: marrón oscuro. Y yo marrón oscuro no quiero.
Subí a la planta de jóvenes, que presentaba un panorama similar, para mirar en Naf Naf, Tintoretto y Caramelo. A Tintoretto no me atreví a acercarme: si las viejas me dan miedo, más aún las marujas acompañando hijas adolescentes. En Naf Naf ví un vestido blanco como para ir a trabajar bastante chachi, pero, como ya he dicho, o jodo o barro y, además, estoy más guapa de traje vagamente masculino. Y lo encontré en Caramelo. La pobre chica de Caramelo, al borde del colapso nervioso, creo que agradeció que, a diferencia de las demás, no la tocase los cojones más que para preguntarle si la chaqueta, que era la 38, no la tenía en la 36. Me informó amablemente de que en chaquetas no hacían talla más pequeña y que me probase a ver. Y me fui al probador yo solita, que bastante tenía la pobre. Comprobé, satisfecha, que en el probador sólo tenía una pareja de amigas, marujas de libro, delante, y acaban de entrar. Un nuevo error. Tras varios minutos perdidos de la una (la que se íba a probar) llamando a la otra, que se había largado, cuya presencia era imprescindible, al parecer, desde el mismo momento en que entrabas en el probador (igual las bragas eran de Reyes, porque yo al probador entro sola y, si me acompañan, que me esperen fuera), batieron un nuevo record mundial de probadores tardando en salir 20 (VEINTE) minutos de reloj con tres prendas. Porque en determinadas cabezas no caben determinadas ideas, si no os juro que pienso que la famosa leyenda urbana de lo que pasa en los probadores del Corte Inglés es cierta. Al fin entré, me probé, salí en menos de cinco minutos y pagué. Y ya tenía un traje, eso sí, gris de raya diplomática, de bastante calidad, por menos de 300 euros, y que me queda clavadito. Y todavía no eran las doce. Nuevo récord.
Envalentonada, salí del Corte Inglés y pensé que por ese precio podía permitirme otro traje. Fui a Massimo Dutti. Encontré dos jerseys de cuello de pico de cachemir de mi talla para el trabajo, pero, tras comprobar que la cola llegaba a la otra punta y giraba, seguí el hermoso ejemplo de las demás, dejé los jerseys por ahí y me larg
ué. Pasé por Purificación García y Adolfo Dominguez, pero me niego a comprar un traje caro en una tienda donde los pantalones están todos juntos en un perchero, las faldas en otro y las chaquetas en la otra punta de la tienda. Es decir, me niego a buscar una chaqueta, ir al perchero de los pantalones con ella en la mano, comprobar que no hay pantalón, sino falda, volver, dejarla, escoger otra chaqueta, ir a los pantalones, no encontrar el de tu talla y vuelta a empezar. Eso en Zara, vale, pero pagando 500 euros por el traje, ni de coña. Acabé la jornada en Pedro del Hierro, enamorada de un traje rojo del que desistí, porque, si bien teníamos la 36 de chaqueta, de pantalón la talla más pequeña era la 38 y, tras preguntar dos veces y que la dependienta mirase a través de mí, pensé que, si quería ayudarme de verdad, lo mejor era indicarme la salida de la tienda, porque yo a una tía tan borde no le compro nada. Eso cambia la actitud de una respecto al cliente: un trato así le hizo perder no solo una venta de 276 euros (que es lo que valía el traje), sino que me había llamado la atención un blusón de seda de más de 100 euros que había al lado y, teniendo en cuenta que no tengo blusas para combinar con el traje rojo, probablemente me habría dejado aconsejar sobre que le pegaba, lo que podía subir la venta otros 100 euros. Si trabaja a comisión y lee esto, espero que se dé de cabezazos.
Cuando salí de Pedro del Hierro, la aglomeración urbana acojonaba un poco. Desistí. Sí, yo, la reina de las rebajas, agaché la cabeza y me fui al metro. Ni me paré a comer algo (que todavía estaba sin desayunar), me compré un croissant vegetal y una coca cola zero en la estación de autobuses. Y una chocolatina, a tomar por culo la dieta, que después de semejante día, una se merece una recompensa. Me salté otra vez la dieta (año nuevo, dieta nueva) Es que, encima, había hecho todo esto mientras establecía conexión directa vía móvil con la oficina con una frecuencia considerable. Así que mi recompensa estaba bien ganada
Así que estas eran las rebajas de la crisis… En las que tengo un listado de gente que no paga que se puede casi encuadernar… Y en cinco días los tengo en la oficina pidiendo un préstamo, a los muy… ¡Me cagüen la crisis y todos sus muertos, menos mal que la gente no consume! Vivimos en el país de los hipócritas. Coño, que a mí la crisis no me ha afectado, y sigo gastando lo mismo y sin mirar gastos, pero, por lo menos, lo digo. Lo chungo, lo que me da asco, es la peña llorando sus miserias por las esquinas y luego tirando la casa por la ventana en rebajas. Pues muy bien, fariseos, a todo cerdo le llega su San Martín, y el tipo de gente a la que le dan asco los fariseos lloricas es la que puede tener en sus manos la concesión de vuestro próximo préstamo personal. Leches, que en este país hay demasiado vividor y demasiada víctima suelta. He dicho
En fin, que me han conseguido joder mi día favorito del año, que no he comprado casi nada y el remate de la historia o “el pueblo en el que las palas de nieve no pasaban la calle en el que la protagonista tuvo a bien fijar su residencia” mejor lo contamos otro día.
MUSIC OF MY LIFE – Eva (Banda Eva, Ivete Sangalo – Ao vivo) ¿Y que os puedo contar de esta canción que ya no sepáis?
